Cronicas

Amores bajo los árboles / Por Edgardo Mendoza Guerra

Hoy cuando el tema ambiental es preocupación mundial y compromiso del nuevo gobierno, es urgente recordar que los cantores vallenatos y de otros géneros siempre han tenido a la naturaleza arbórea como tema de amores, siempre anhelos y ansias. Un breve recorrido, con algo de nostalgia por los troveros nuestros, como les llamó el poeta patillalero Diomedes Daza, a nuestras sombras verdes, arboles paisanos.

De niño recuerdo a mis mayores parrandeando de madrugada con algunas lágrimas confundidas con alcohol por viejos o nuevos quereres, una canción de Pedro Infante, ”Dos arbolitos”, su música y letra, tan pueblerinas, tan elementales, aun hacen eco en mi memoria: “Han nacido en mi rancho dos arbolitos, dos arbolitos que parecen gemelos y desde mi casita los veo solitos, bajo  el amparo santo y la luz del cielo, nunca están separados uno del otro, porque así quiso Dios que los dos nacieran, y con sus mismas ramas se hacen caricias, como si fueran novios que se quisieran…”.

Por aquellos tiempos, la radio Barranquillera siempre sonaba canciones de Esthercita Forero, eterna novia de su ciudad, “los patios de guayaba y de ciruelos, imágenes que yo nunca he olvidado y que han quedado escrita con amor, aquí muy dentro de mi corazón”, decía la poeta barranquillera. Más adelante, hizo palito de mataratón…  “Al pie de mataratón me juraste tu cariño, ahora estoy aquí llorando al pie del mataratón…”.

Otros géneros musicales también tienen en sus letras muchas historias bajo la luna con árboles como testigos sin voz de encuentros. Julio Jaramillo, al contrario, en su canción “El aguacate” nada tiene que ver con el arbusto, pero, según la historia, el compositor la escribió a su sombra: “tú eres mi amor, mi dicha y me tesoro, mi solo encanto y mi ilusión, ven a calmar mis males mujer no seas tan inconstante…”.

Rosendo Romero, el poeta de Villanueva

Rosendo Romero, el poeta de Villanueva

Nuestro Rosendo Romero, en tiempos capitalinos, escribió “Cobijas“, que en la voz de Jairo Serrano sigue escuchándose: “Recordarás aquella noche que allá en Chapinero, yo te besé y una llovizna mi abrigo mojó, te reclinabas al pino coposo, no se mojaban tus largos cabellos y era aquel pino un sombrero de amor…”. El radio-periodista Crispín Eduardo Rodríguez, después de escribir noticias en Radio Guatapurí, también se ubicaba entre unos cocoteros olvidados del antiguo hotel de turismo de Valledupar, donde hoy queda la plazoleta de la gobernación del Cesar y cantaba: “bajo el palmar, a solas yo contento esperando a mi amada, que ha de llegar al sitio donde espero cantando mi tonada”. Muchas veces lo dejaban plantado, pero ésa es otra historia.

Tal vez las más famosas canciones por tiempos y personajes las formó el cuarteto Alejo, Leandro, Villa y Calixto. El inolvidable Alejo Duran en “Los Campanales”, luego de esos despechos de amor cantaba: “Debajo en los campanales donde canta el pajarito, si el guayabo me matare déjame morir solito. ¡Debajo en los campanales donde hablábamos ella y yo, si el guayabo me matare, déjame morir, por dios!”. El guayabo en este caso es esa vaina indefinida entre la desesperación y la indignación juntas, luego que un amor se aleja dando pasos indefinidos aparentemente.

El grande Leandro Díaz, lleno de ansiedad, entre las neblinas de su alma reclamaba: “Debajo del palo e mango donde yo quiero abrazarte, y al oído pregunte. ¿Negra que te esta pasado?”

Leandro Díaz

Leandro Díaz

El inolvidable Negro Cali, o Calixto Ochoa, en pluma de otro inolvidable e imprescindible William Rosado Rincones su biógrafo oficial, nos deleita con “Arbolito sabanero”, en la versión de Alfredo Gutiérrez para alquilar el patio completo: “Cuando paso por el viejo caserío, hay momentos que me hieren los recuerdos, al mirar ese fantástico sombrío que conserva el arbolito sabanero, hay que bonito es recordar el pasado,  si aquellos tiempos renacieran de nuevo, donde están los labios que me besaron, bajo el sombrío de aquel árbol sabanero…”.

Abel Antonio Villa, el primero en grabar nuestra música en acordeón hizo famosa otra cita bajo sombras: “No busque negra que yo me muera, como me dejas pasando penas, debajo del higuerón donde siempre te esperaba, allí me diste tu amor, ya también mi amor te daba”. Por esos tiempos pueblos y ciudades no tenían tantos lugares de amor como ahora, los costeños inventaron el cuento, “Nos vemos donde Rosa”, es decir donde roza el C, con la arena. Posiblemente García Márquez en “Memoria de mis putas tristes”, su personaje Rosa Cabarcas, ya se refería al tema. Es conocido el amor de Gabo con los vallenatos.

Otros, como el guajiro Hernando Marín, ni siquiera mencionó el árbol para cantar su tristeza del alma, de despachó diciendo: “¡Ya me abandonó aquella mujer, quien lo creyera!  de los juramentos solo quedan los pecados y aquel arbolito también se está deshojando, ya se está secando el agua, allá en la cordillera”. Esa versión de Los Hermanos Zuleta, es para volver al trago.

Diomedes Díaz, que sigue ahí pegado a nuestra alma musical, iniciando su carrera, grabó del paisano Luis Segundo Sarmiento “El Ciruelito”: “Debajo del palo de ciruelo, donde yo a ti siempre te esperaba, allí quedaron recuerdos que me atormenta el alma, al lado del ciruelito hay un palo de corazón, ellos son fieles testigos que quedan de nuestro amor. Debajo del ciruelito yo quiero volver contigo pa´ que me digas te quiero con ese mismo cariño.

Diomedes Díaz

Diomedes Díaz

De su tío Martin Maestre, el mismo Cacique de la Junta, y al lado de Colacho Mendoza en su álbum “Los Profesionales”, trae “El limoncito”:  Cuando llego al palo de limón, que busco y no encuentro a esa mujer, ¡ay me da una desesperación que de dan ganitas de correr, y allí quedo sin consolación, solo pensando en esa mujer… Como ven, no importan las espinas del cítrico con tal que el corazón tenga sus pinchazos de alegría. Siempre triunfa el amor aun en sombras punzantes.

En los maravillosos tiempos del buen vallenato, años 70 y 80s, Jorge Oñate y Emilianito Zuleta, nos alegraron con “Palo e guayabo” esta vez no era el dolor sino el propio árbol y sombra, Guillermo Durán dice: “Debajo el palo e guayabo que queda atrás de tu casa, donde me dieron tus manos, caricias enamoradas. Horas felices pasé contigo bajo el guayabo, cuando tus besos y tus caricias me regalabas, hoy me son tristes aquellas horas que ya pasaron, donde recuerdos tus dulces besos que me enguayaban hoy esta triste el guayabo donde estuve hace días donde recuerdos quedaron de esa niña que fue mía”.

El profesor Antonio Serrano Zúñiga también lo ahogaban los recuerdos del paisaje por las flores amarillas, las misas de Gabo, las mismas que Lisandro Meza cantaba el guayacán qué bonita es su flor. Serrano canturreaba:  Ya se secó, ya se secó mi guayacán, el árbol corpulento que me daba sombrío, aquel que en la finca y muy cerca del río, fue fiel testigo de mis viejos amoríos, como los amores que vienen y se van, el tuyo se secó como mi viejo guayacán.

Hoy, el vallenato tiene al cuello una cadena de muerte, sus letras son generalmente insulsas, sin poesía, sin encantos sin imaginación. A cualquier celular le sacan un canto pendejo que termina su fama al salir el modelo siguiente. Para algunos defensores es el cantar de las nuevas generaciones, los nuevos modelos, siempre ha sido así, en todos los campos, pero la lírica existe en todos los tiempos e idiomas, y las mujeres que fueron su fuente de inspiración, hoy patrocinan su propia degradación al grado máximo. Pero no todo está perdido, quedan esperanzas, seamos optimistas. Busca el árbol de infancia y tus amores, posiblemente se ha secado como el de Marín, o sigue lleno de sombras como el de Calixto, ya será cuestión de cómo lo miren tus recuerdos.

 

 

 

Edgardo Mendoza

Edgardo Mendoza

 

 

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