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Clinton y Trump, en las puertas de la nominación

La noche, tal como se esperaba, se la llevaron Trump y Clinton. En el Súper Martes que se libró ayer Donald Trump, el afamado multimillonario, se dirigió a la opinión pública desde Palm Beach como si ya fuera el mismísimo presidente de los Estados Unidos, mientras que Hillary Clinton, la hoy fortalecida candidata, no dejó de evidenciar que este triunfo constituyó un gran paso en su carrera por la nominación demócrata.
Trump ganó en Alabama, Arkansas, Georgia, Massachusetts, Tennessee, Vermont y Virginia, llevándose 267 delegados. A sus rivales les cedió un pequeño espacio en Texas y Oklahoma, donde Cruz salió fortalecido con una victoria importante en el estado más importante de la contienda, Texas.
Rubio, por su parte, tan sólo se llevó la pequeña región de Minnesota, pese al impulso que había tenido su campaña las últimas semanas. (Alaska, a las 12:15 de la noche, no había cerrado el 100% de las mesas).
Empoderado desde un atril que exponía su cuña publicitaria, “Volvamos hacer América grande”, Trump se dirigió al público como si estuviera dando una charla motivacional en las Torres Trump en Nueva York. Gesticular y pulsante, le agradeció a sus votantes el apoyo depositado el martes en la noche.
“Gracias, Georgia”, “Gracias, Massachusetts”, “Gracias, Tennessee”, “Gracias, Alabama”, “Gracias, Virginia”, celebró Trump, aludiendo a sus múltiples triunfos.
Su discurso, más que una exposición de propuestas, fue la reiteración de una serie de argumentos que los han hecho famoso. Desde Obamacare, hasta Apple, cada vez que tomó el micrófono no dejó de referirse a la mala gestión del presidente actual o a la obligación que recae en la compañía para construir computadores en Estados Unidos y no en China.
En efecto, Trump es un fenómeno que ganó en el Sur de Estados Unidos, en el Occidente, en el Norte. Sus palabras le llegan a blancos, algunos latinos y escasos afroamericanos. Pero no están sesgadas por el color de piel. O eso, por lo menos, da a entender la gente que va a sus reuniones, donde se ve una curiosa mezcla de razas.
A la gente, como se ve, le llegó su mensaje de conspiración y miedo. En un país como Estados Unidos la teoría de la conspiración es tan eficiente como la venta de donuts a las afueras de un estadio de Béisbol. Tan es así, que Trump, basado en un discurso basado en la fatalidad, logró un apoyo masivo proveniente de diferentes orígenes.
Es innegable, por supuesto, que el norteamericano blanco, republicano y de clase media, suele tener una preferencia por él. Pero eso no quiere decir que su discurso no le pueda llegar a otros sectores que, igualmente, son de clase media, pero no pertenece a esos grupos raciales.
Porque Trump, precisamente, lleva el miedo al plano del deseo, mediante una exposición de motivos que finalmente recaen en un solo objetivo: Crear más empleos. Así es como genera ese desenfrenado apoyo y luego arrasa en encuestas y elecciones. Qué más quiere oír un ciudadano de a pie que la generación de trabajo y la seguridad como elementos básicos de una campaña.

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